Becoming

michelleobamaVerdad sea dicha, la decisión de leer Becoming fue repentina y a raíz de una story de una amiga política que reside en Bruselas. Inmediatamente confié en su gusto así que al día de ver la portada me lo compré y descargué en el eBook.

Michelle Obama nunca atrajo demasiado mi atención por lo que al poco de empezar a leer, me entró una sana curiosidad por saber un poco más sobre la trayectoria de una mujer negra que acaba siendo primera dama.

Pero reconozco que por el título del libro, Becoming, me esperaba algo más que una simple y llana biografía de ella. Michelle Obama es una mujer talentosa, que hizo una evolución fascinante en sus discursos y consiguió pasar de cero a cien a una velocidad vertiginosa sin, en ningún momento, parecer desmelenarse.

Es precisamente por el poder, profesionalidad y liderazgo que ejerció demasiadas veces en la sombra; esperaba encontrar en sus palabras un poco más de profundidad en asuntos como el machismo en la política, el racismo en la sociedad norteamericana, como las minorías se gestionan en una población eminentemente blanca y como ella, personal y profesionalmente evoluciona: si adquiere nuevos hábitos, si cambia de pensamiento en otros momentos, si invierte horas en preparar y preparar y preparar los discursos, …

A menos de la mitad del libro ya sabes que Michelle es una mujer excepcional y que trabajó mucho toda su vida para ejercer como la mejor. Pero cuando Barack Obama aparece en su vida sus palabras se vuelven menos directas y los asuntos que se suceden en el resto de páginas pasan a un segundo plano; como si Barack le hiciese un poco de sombra. Y sabe mal.

Aunque admito que me ha gustado muchísimo conocerla y poder saber los frutos de su incansable trabajo desde la Casa Blanca, admito que tenía otras expectativas sobre el libro.

¡Feliz lectura!

P.D: Tengo que mencionar que la inclusión de algunas de sus fotos, incluso cuando ella es pequeña, me pareció grandioso y fue de lo que más me encantó del libro.

La historia del ascensor

Con traje azul oscuro, la camisa azul cielo y  la corbata azul marino entró fugaz en el edificio, saludando por el rabillo del ojo al portero que hablaba con la vecina del portal contiguo, al otro lado de la puerta. No le prestó demasiada atención; no era un humano digno con quien perder el tiempo. El portero, también con camisa azul cielo pensó lo mismo: el cotilleo de la vecina era demasiado sabroso para perderse ningún detalle.

Picó el botón del ascensor y rápidamente volvió sus ojos al teléfono para seguir mirando fijamente unas fotos de unas chicas semi-desnudas que había recibido. Su cabello seguía sin moverse. Ni la brisa contaminada que hacía entre su casa y su oficina de esa tarde de lunes consiguió mover ni una brizna.

Que buena laca.

El moreno de las vacaciones, realzado por los rayos UVA, contrastaba con el pastel de la ropa y todo ello le daba un aire serio, pijo y profesional que le gustaba mucho. En general, se gustaba mucho.

El ascensor llegó y poco a poco las puertas se abrieron. Había una chica esperando también para entrar así que la dejó pasar.

Seguir siendo un caballero en el siglo XXI reciclando una práctica de la prehistoria.

Ella vestía tejanos, camiseta de manga corta básica con un tigre cosido, gafas y llevaba una cartulina enrollada en las manos. “Es muy mayor para ir por ahí con cartulinas”, pensó para sus adentros. Fue en lo único en lo que se pudo fijar antes de seguir pasando fotos. En general, tenía mucha prisa en pasar fotos.

Con ambos dentro, el ascensor se paró en la quinta planta; justo antes de que empezaran los pisos de las viviendas y justo cuando terminaban las oficinas. “Estupendo”, pensó mirando al techo. Siguió con la vista atenta un poco más en el mismo punto pensando que así la máquina arrancaría de nuevo, como por arte de magia. Pero al cabo de unos segundos nada se había movido.

Miró a la chica con cara de angustia. Una cara que decía “qué palo tener que reñir al personal para que chequeen mejor al maldito trasto ya que es su culpa que siga parándose cada dos por tres”. Ella le devolvió la mirada y,sin decir nada, se acercó el rollo de cartulina negra a la cara. Él seguía mirándola.

Lo bajó a la altura del cuello y apoyó la barbilla en el rollo. A él le pareció mona.

Luego lo bajó un poco más, acercándolo a la gola. Se rasgó el cuello con la cartulina negra. Él frunció el ceño.

Apareció una gota roja en el papel negro. Él arqueó las cejas.

Apareció una raja roja en su cuello. Él abrió la boca. Luego empezó a desangrarse. Él la miraba con la boca abierta.

Ella seguía mirándolo con la misma cara cuando cayó de rodillas. La sangre llegó a las suelas de los zapatos de él que, con asco, los apartó para que la piel no se ensuciase.

Reaccionó.

Empezó a dar golpes y a chillar ayuda desde las paredes. A ella se le cayó la cartulina negra al suelo. Los gritos de él se elevaron a la par que incrementaba su asco. En general, la sangre le daba mucho asco.

Finalmente, ella se ahogó dejando la cartulina negra enrollada manchada de rojo en el suelo.

“Es muy mayor para ir por ahí con cartulinas”, pensó para sus adentros y bajó rápidamente de nuevo la mirada a las fotos del teléfono. Las chicas morenas tenían cuatro importantes regalos a los que prestar atención, disfrutar y borrar definitivamente antes de que le abriera la puerta su novia.

Hizo un pequeño salto con sus zapatos de piel cuando se paró el ascensor.

La chica de la camiseta del tigre le dijo “adiós” mientras abría la puerta y dejaba en esas cuatro paredes sin respuesta a la pregunta sobre qué pasaría si se rasgaba el cuello con el rollo de cartulina negra que llevaba enrollada en sus manos.

 

ascensor

Motherhood

motherhood_sheilaheti.jpgJusto pensando en cómo empezar a escribir mi habitual, pequeña y personal reseña; me ha venido a la mente una escena de la temporada de Stranger Things 3 (no voy a hacer spoiler, calma gente) que resume, precisamente, la semilla de los diferentes motivos que me llevaron a comprar el libro de Sheila Heti.

Will, molesto porque nadie le hace caso en una de las campañas que prepara en uno de los juegos de rol; recrimina a Mike que está harto que este y Lucas pasen de él, que las chicas no lo son todo. Mike le responde que qué esperaba, “¿que toda la vida jugásemos a campañas?”. Will responde que sí, que lo creía.

Y yo también lo creía.

No que Will, Mike, Lucas y Dustin se pasaran la vida jugando a juegos de rol pero sí que las cosas básicas e importantes estarían siempre ahí, de la misma manera en cómo las conocí. Evidentemente (y afortunadamente, en algunos casos), esto no es así. Todos crecemos, cambiamos y nos vamos adaptando a los cambios de todos. No solo porque no nos queda otra sino también por que, a quién vamos a engañar, hay cambios que molan y apostamos por ellos.

Ay Will, ¡y cuántos te quedan aún por ver!

Uno de ellos, cuando eres madre y padre.

Yo ya estoy en un rango de edad en que los bebés ya han dejado de ser algo novedoso de tantos que tengo a mi alrededor (y que celebro cada uno de ellos). La primera mamá es excitante, las últimas, pues bueno, tienen menos misterio. Todas y cada una de ellas y ellos se han aventurado a estos nuevos cambios que deciden de forma atrevida, segura y con convicción. Y aquí es cuando yo me sentía un poco desamparada. Y yo ¿también estoy convencida?

Siempre me ha gustado debatir, deliberar, filosofar y asomar dudas internas y pensamientos que rozan lo místico con gente para encontrar más sentido a cosas que afectan a mi vida. He visitado muchos de estos temas que me preocupan pero nunca lo he hecho con la misma intensidad cuando hablamos de la maternidad. Tengo la sensación de que me rodean mujeres valientes, muy seguras de sí mismas y con las cosas muy claras y que a ninguna le ha costado embarcarse en esta etapa. No he encontrado a ninguna mamá que lo haya sido con dudas o que aún tenga dudas. Todo a mi alrededor parece muy fácil, muy sencillo, muy lógico.

Yo no lo siento de esta manera. Así que cuando leí en Playground que Motherhood era un libro que planteaba dudas sobre la maternidad, no lo dudé.

Me lo compré esa misma noche. 

Y la verdad es que ha sido un gran alivio poder leer algunos de mis pensamientos a manos de una escritora que no conocía y poder dejar de sentirme como un bicho raro. Motherhood es un medio ensayo- medio una novela de Heti que da vueltas, a través de diferentes áreas determinantes de la protagonista, sobre si hay que ser madre, sobre si queremos ser madres, sobre por qué no ser madre se desprecia, si nos clasificamos según si somos madres o no, en si somos más o menos completas con hijos, en si ganamos algo siendo madres o no siéndolo, en si profesionalmente afecta. En si perdemos siendo madres o no siéndolo. En el verdadero porqué y motivación de ser padres y madres. Entre esta ficción y no-ficción, el libro al principio me descolocó por el caos y el sin- sentido que parecía tener, acentuado especialmente con los diálogos internos que tiene la protagonista con una moneda que, lanzándola al aire, le responde a preguntas abstractas y extremadamente profundas completamente al azar. Pero al cabo de las páginas, le pillas el truco y te enganchas. Es un libro que te lleva a imaginarte estando al lado de Heti cada día escuchándola, abrazándola a veces, otras riéndote y otras riñéndola exasperada por sus emociones no resueltas y una culpa autoinfligida sin razón. Una prosa que mezcla candor y crudeza, inocencia y desgarro, comedia y compasión.

Motherhood es un buen libro para personas que, como yo, se plantean todo en esta vida y miran a la maternidad como miran a todo. Con muchos ojos. Algunos con ganas, otros con miedo, otros con ignorancia. Incluso lo recomiendo también para los hombres, ya que considero que ellos deberían ver todo lo que implica decidir en ser un progenitor para una mujer.

En un mundo en el que aún el arrepentimiento post-maternidad o la decisión de la no-maternidad siguen siendo tabú y no encuentras a muchas colegas con las que compartir estas sensaciones, Motherhood es un buen compañero de sueños. Y de filosofadas.

Feliz lectura.