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Nómada

9788416072750Nómada es el título del libro que me estoy leyendo (Nomad. From Islam to America. A Personal Journey Through the Clash of Civilisations, Galaxia Gutemberg, 2011, Barcelona) .

Ayaan Hirsi Ali, neerlandesa, es una exdiputada del parlamento de los Países Bajos y residente actual de Estados Unidos por invitación laboral del think tank conservador American Enterprise Institute (AEI).

La segunda es la autora del primero en dónde relata, de manera personal y política, su propia visión de la situación actual del Islam en Occidente.

Hirsi Ali nació en Mogadiscio pero obtuvo la nacionalidad de los Países Bajos donde llegó huyendo de un matrimonio concertado por su padre. De origen humil, la autora del libro abrazó al Islam en su juventud aunque su llegada al mundo occidental hizo que se apartara de una religión guerrera y obcecada. En Nómada, la autora aprovecha la ocasión para hacer un llamamiento a Occidente del peligro inminente, cómo cita la política, del auge del Islam fundamentalista obsesionado con el “reclutamiento” de jóvenes mentes musulmanas para la yihad o Guerra Santa. A su vez, narra con lenguaje sencillo y directo las brutalidades que se ejercen en nombre de la religión como las mutilaciones, violaciones, violencia doméstica, matrimonios forzosos y comercio sexual entre muchos otros que, aunque afecten a los implicados, mayoritariamente son las mujeres las que más sufren.

Siempre me sentí multiculturalista y vivo con desafección la globalización. No me acaba de gustar que los países pierdan sus culturas, sus tradiciones y sus particularidades en una onda expansiva de homogeneización. Ya no canto villancicos en Navidad pero disfruto cuando lo hace mi prima de cinco años y me enorgullece explicar porqué los catalanes ponemos un caganer en el Belén. Me apasiona la diversidad y adoro aprender cuentos, secretos y leyendas foráneas. Asímismo respeto con educación pensamientos, opiniones y religiones diversas partidaria de su existencia y preservación entiendiendo que forman parte de una cultura a la que yo no tengo derecho de cambiar.

Mi primer encuentro con los árabes fue años atrás y me despertó una gran curiosidad todo lo que se erige a su alrededor. Ese es uno de los motivos por los que esté aprendiendo árabe. Y creo que, poco a poco, desarrollé cierta estima por esta cultura, lengua y religión que me resultan fascinantes por sus polémicas, por sus dinámicas, por sus países y por sus conflictos (como el sempiterno problema entre Israel y Palestina). Por esta razón me resultó un poco chocante, tengo que admitirlo, leer Nómada.

Nunca puse a los musulmanes en un pedestal pero sí siempre los defendí en las repetidas olas de inmigración que años atrás, España, entre muchos otros, vivieron en sus fronteras. No es que merezcan más que ningún otro vivir en nuestro país. Simplemente, todos tenemos derecho a emprender caminos para tener una vida mejor. ¿Qué estamos haciendo sino nosotros, los occidentales, con estos contínuos ires y devenires a otros países europeos que buscar alternativas a nuestra insatisfacción laboral?

Así que mi cierta simpatía y curiosidad por los integrantes de la Península Arábiga y el norte de África, eminentemente, me pusieron, quizá, una venda en los ojos que se cayó con las palabras de Hirsi Ali. No se puede obviar: el fundamentalismo islámico crece dentro de las madrazas y mezquitas occidentales y tradiciones ancestrales espeluznantes como la ablación siguen a pie de calle. Sin ir más lejos podemos citar cómo ejemplo el último incidente ocurrido con un imán de Terrassa, Abdeslam Laarusi, acusado por los Mossos d’Esquadra de incitar a la violencia contra la mujer. En tres de las noticias de las que se hizo eco el diario La Vanguardia acerca del suceso, se pueden citar algunos ejemplos que expone Hirsi Ali en Nómada. En uno de los artículos del periódico, algunos de los fieles defendieron al imán argumentando que Laarusi siempre ha mostrado un tono moderado y de defensa de la integración así como el respeto a la mujer que en más de 80 versículos del Corán “se prohiben los malos tratos y cualquier forma de violencia física y psíquica”.  La autora expone el mismo caso en sus páginas y contraataca argumentando que los versículos del Corán que acometen en contra de la mujer doblan los que la citan con respeto sin tener en cuenta casos prácticos como los de Arabia Saudí, donde la situación del sexo femenino es mucho peor debido a la implementación de la sharía. También hay que mencionar el caso de Amina (nombre que, por cierto, usa la neerlandesa en su libro), una muchacha marroquí de 16 años que se suicidó para así no tener que casarse con su violador; una práctica extendida en la cultura musulmana según la cual, el honor familiar por la pérdida de la virginidad de la mujer debe ser recompensada o bien castigada. No hace falta decir que la propia autora del libro se fugó de un matrimonio concertado y forzoso.

Estoy de acuerdo con Hirsi Ali y hay que ser conscientes de estos casos y no girar la cabeza hacia otro lado; tienen que ser denunciados y llamados por su nombre: asesinatos, suicidios, mutilaciones, violencia doméstica y todos los adjetivos, nombres y calificativos que usamos para describir cualquier acto horroroso sin temer, por ello, que se nos tilda de islamófobos. Un crimen lo es aquí y en el fin del mundo y no tiene otro nombre ya sea perpetrado por un norteamericano, un iraní, un polaco, un ruso o un australiano. Del mismo modo, hay que vigilar y ser conscientes del islamismo radical o fundamentalista el cual busca adeptos para la yihad.

La autora del libro propone algunas soluciones para combatir la mente “profusamente cerrada”, cómo cita, de la mano de la Iglesia Católica, las feministas, las organizaciones sociales y de Derechos Humanos, así como de voluntarios, librepensadores, maestros y políticos. Pero mi pregunta es: ¿tenemos derecho a cambiar por la fuerza una cultura y unas creencias? Es obvio que la situación está al límite y que no se puede permitir lo que ocurre en el seno de muchas familias musulmanas, especialmente, en la mujer. La libertad individual y de expresión es uno de los derechos más básicos que goza el ser humano. ¿Porqué hay que dejar que las musulmanas se cubran con el burka cuándo supone una aniquilación de su ser? ¿Porqué hay que dejar que se las obligue a estar encerradas en casa, sufrir malos tratos, aceptar matrimonios forzosos, etc? Pero, ¿cuál es el derecho que nos da a nosotros forzar ese cambio? Hirsi Ali asegura que la cultura Occidental es mejor, más tolerante y democrática y que por ello hay que inducir el cambio. Pero, ¿quién dice que realmente la cultura occidental es la mejor?

Estoy de acuerdo en todo con la autora, en sus argumentos y en sus soluciones prácticas y realistas. Pero obligar a alguien a abandonar su origen, ¿es eso realmente defendible? Yo creo en el poder de la educación y creo que, más que un ataque y un enfrentamiento cultural mucho más agresivo que podría cambiar aún más las dinámicas del choque de civilizaciones y provocar serios problemas; hay que dejar que sea la propia cultura la que cambie.

Occidente no está libre de pecado. No vale la pena mencionar ciertos episodios históricos en los que los musulmanes fundamentalistas se pueden ver reflejados (sí, la situación de la mujer era de ser prisionera en su casa, en nuestra casa). Pero con los años, mobilizaciones, manifestaciones y actos civiles de diversa índole consiguieron cambiar y mejorar el sistema. Pero lo hicimos nosotros mismos. En este sentido, creo que hay que hacer lo que cuenta Hirsi Ali en Nómada pero creo que más que un forcejeo entre las dos culturas, el papel de las sociedades de acogida se debe limitar al de germen: hay que explicar, debatir, argumentar, abrir mentes, crear curiosidad, provocar preguntas, enseñar y apoyar los resultados. Las diferencias son notorias y la recompensa perceptible pero no se puede obligar a nadie a abandonar el cristianismo e inducirle al hinduismo (aquí no entran ejemplos sectarios). Hay que dejar que sean las propias personas las que decidan cuál camino seguir. Éste, creo, debe ser nuestro papel. Explicar porqué está mal que te casen con una persona que no quieres y dejar que sean ellos mismos los que reflexionen. El cambio debe producirse en el seno de las familias  para que las siguientes generaciones tengan más opciones para decidir si seguir estrictamente con los preceptos de Alá o vivir una vida occidental con todo lo que ello supone. El mundo árabe ha demostrado capacidad de reacción y resistencia, hay que seguir confiando en el poder que tenemos todas las sociedades cuando nos unimos y luchamos contra un mismo fin. Hay que conseguir terminar con todos los horrores que se aplican a los seres humanos en nombre de una religión. Pero deben ser sus mismos integrantes quiénes deben conseguir ese triunfo con la ayuda de quién necesiten si así lo desean. Si algo se impone, carece de fundamentos y al primer soplo de aire la casa puede derrumbarse. En cambio, cuando somos nosotros los que luchamos, establecemos en el camino los cimientos que luego sostendrán nuestros éxitos. ¿A quién debemos nuestra actual libertad sino a nuestros antepasados?

Por cierto, recomiendo leer el libro.

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