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Fin

A punto ya de hacer tres semanas de mi vuelta del Cairo, aún no he tenido tiempo para digerir la experiencia. A ritmo frenético empujada por el tiempo que avanza sin descanso, considero, esta vez, hacer un parón descarado para pensar en todo ello.

Nunca sé muy bien qué responder cuando me preguntan cómo fue Egipto. Siempre necesito un minuto para pensar la respuesta. A diferencia de Laura, yo no viví demasiado tiempo en El Cairo para poder tener una idea aproximada de la realidad que se vive en la capital de uno de los países que, para mí, tiene más historia (no vamos a entrar en detalles de si los faraones no son los auténticos ancestros de los actuales egipcios, algo que me dijo un filólogo árabe paseando por el Museo del Cairo). Laura lleva ya cerca de dos años y su profesión la lleva a conocer rincones de las calles cariotas, guiños, rutinas y sonrisas escondidas que a mi se me escaparon.

Así, con toda la humildad que pueda tener una persona tan chiquitina como yo, me gustaría cerrar esos días en uno de los pocos momentos de calma que he encontrado, al parecer, en mi apretada agenda.

Nunca sé qué responder pero termino contestando que El Cairo fue muy bien para los conocidos y, para las personas más cercanas, confieso que esos 25 días fueron como un piastre: de corta durada y con dos caras claramente diferenciadas e indudablemente intensas.

Por un lado, al final ya me divertía la idea de jugarme cada día la vida en el “concurrido” (las comillas están por que creo que la palabra concurrido se queda corta) tráfico cariota; me enamoré de los dulces de la pequeña tienda artesana a cinco minutos de casa, tuve las charlas y debates más interesantes en años con mis dos profesoras de árabe, soporté el calor, caí rendida a la leyenda negra de la enfermedad, conocí egipcios increíbles, escuché el silencio de las mezquitas y me emocioné (sí, lo confieso) en el Templo de Abu Simbel y en el Valle de los Reyes. Tanto tiempo soñando con verlo con mis propios ojos (desde los seis años, concretamente), que cuando las yemas de mis dedos palparon suavemente las líneas de las paredes de los mencionados monumentos, no pude hacer nada más que emocionarme y que un par de lágrimas se vinieran abajo.

Pero, a su vez, el calor, la gente, los coches y las miles de cosas por visitar (y que no vi) hacían que el cansancio más absoluto se apoderara de mí cada una de las noches. Y sí, por qué no decirlo, el hecho de ser mujer en un lugar un poco diferente y con otra mentalidad. Estoy segura que mis compañeros hombres lo vivieron de otro modo y quizá sus paseos no eran tan inconscientemente tensos como los míos. Para qué nos vamos a engañar, si he confesado que lloré al ver piedras milenarias no voy a negar que el hecho de ser mujer en Egipto también me agotó. Y mucho. Las diferencias culturales dicen por ahí. Supongo que eso será pero el velo, las diferencias de género, las formas, las distribuciones de las cosas, las tradiciones, las ganas de libertad reprimidas, los asientos traseros, … hicieron tambalear mi equilibrado yo interno. ¡Pero aprendí tantísimo! Tanto, que a veces me sorprendo queriendo regresar algunos días más, unos pocos, cómo si me faltaran unas horas para acabar de terminar realmente el viaje. Supongo que fue, precisamente, el tiempo que estuve, en el momento convulso en el que sigue sumergido el país, en los deseos de seguir luchando y en las ganas de la gente de cambiar, de alzar la voz, de reprochar, de gritar; lo que hace que, de vez en cuando, me traslade en esas laberínticas calles.

Quizá  eso añoro: su futuro y todas las grandes cosas que van a suceder. O que deseo que sucedan, mirénselo cómo quieran.

Ya sé que este pequeño texto no es más que una burda tontería y que no dice nada de interesante y ni siquiera es periodístico y ni siquiera está bien escrito y ni siquiera alguien habrá llegado a estas líneas y ni siquiera deja las cosas claras. Pero quizá es por que yo tampoco las tengo y, quizá, por que aunque todo sea borroso, El Cairo ha significado mucho para mí.

Sino, no tendría necesidad de sentarme a mirar las escasas estrellas que pueblan el cielo de mi humilde morada, antes de irme a dormir y volver, sin querer, a la orilla de un río de una ciudad sucia y descomunalmente y excesivamente poblada (sí, exageración) pero que, como dijo Laura, te embruja.

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